Interceder para gloria de Dios

La gloria de Dios debe permanecer siempre por encima de cualquier otra motivación a la hora de interceder. De alguna manera viene a ser la respuesta a la instrucción que Jesús da al decir: "Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura" (Mt 6,33). Y cuando el Maestro nos enseña a orar, dice que tenemos que empezar así: "Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino" (Lc 11,2).

Aunque no seamos conscientes, cuando intercedemos puede suceder que el motivo único o por lo menos el principal de la intercesión sean nuestros intereses -nuestra comodidad, alejamiento del dolor, remedio contra fracasos, defensa contra los peligros, etc.- y que no tengamos en cuenta para nada la gloria de Dios. En tal caso nuestra intercesión es egoísta, porque ponemos los ojos en nosotros y nuestros intereses, mientras Dios viene a ser en tales circunstancias algo así como un colaborador a nuestro servicio. Con esto estamos quitando a Dios el sitio que le corresponde y poniéndonos nosotros en él. ¿Por qué vamos a sorprendernos, si nuestras oraciones quedan sin respuesta?

El apóstol Santiago dice: "Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones" (St 4,3). Ésta es tal vez una de las razones que abundan en las oraciones no contestadas. Antes de interceder conviene que nos preguntemos el motivo de la oración y no olvidemos interceder en último término para que Dios sea glorificado en aquello que le pedimos.

Jesús echó en cara a la multitud que iba tras él el motivo por el que lo hacían, que no era correcto: "Me buscáis no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado" (Jn 6,26). Y luego les dice qué es lo correcto: "Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre" (Jn 6,27).

En la intercesión por personas allegadas, por ejemplo, nuestra intercesión suele tener como objeto algo secundario, aunque sea muy importante para nosotros: el cambio de la persona, su conversión. Es bueno; pero, ¿por qué queremos que se convierta? Hay razones que no son suficientes: para evitar su condenación, para que la familia -nosotros- salgamos de esta situación tan dolorosa, para que la gente deje de señalarnos y hacer comentarios, para quitarnos una pesadilla de encima. Ciertamente es bueno orar por la conversión, pero no es suficiente. Eso es la primera parte. La intercesión sería correcta si pusiéramos la gloria de Dios en primer lugar al pedir.

Otras veces nuestras motivaciones son sólo egoístas, como sucede normalmente cuando oramos por la salud o el bienestar material, cuando se hacen rogativas para pedir la lluvia, mientras es posible que muchos de éstos que la piden no se acuerden de Dios en todo el año y hasta lleven una vida de pecado. Es cierto que el amor de Dios no tiene límite y es incomprensible para el hombre, pero lo normal es que estas intercesiones no suban más de un palmo por encima de nuestra cabeza.

¿Cómo vamos a esperar que Dios escuche oraciones tan cargadas de egoísmo? Sólo la búsqueda de su gloria, desde un corazón limpio y convertido, hace llegar nuestras intercesiones ante el trono de Dios. No podemos saltarnos las reglas, una de las cuales dice: "Ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios" (1 Co 10,31).