Interceder en el Espiritu

Cuando la Palabra de Dios nos habla del combate espiritual y de las armas que hemos de usar para participar en el mismo y vencer, una de las normas que da, curiosa a primera vista, es la de que hay que orar en el Espíritu: "Orando en toda ocasión en el Espíritu" (Ef 6,18). ¿Qué quiere decirnos con esta expresión?

  • Hemos visto cómo es necesario orar según la voluntad de Dios, pero nosotros no la podemos conocer si no es a través de la Palabra y del Espíritu, porque "nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1 Co 2,11), y "el hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios" (2,14). Por lo tanto, si oramos en el Espíritu, que lo hace todo perfectamente, oraremos la oración correcta para Dios.
  • Tampoco sabemos cómo -no sólo qué- pedir. Pero "el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu y que su intercesión a favor de los santos es según Dios" (Rm 8,26-27). Si fuéramos capaces de dejar que el Espíritu nos enseñara a orar, ¡qué diferente sería nuestra intercesión!

Ahora bien, para orar con el Espíritu es necesario que el Espíritu more en nosotros y dirija nuestras vidas, las dos cosas, porque no podemos manipular al Espíritu. Una característica del engaño religioso es que se vive aparentemente según Dios, pero puede suceder lo que dice Esteban a los fariseos y sacerdotes: "Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo" (Hch 7,51).

  • La presencia del Espíritu en el discípulo está relacionada con su crecimiento espiritual. Por eso, no podemos pretender conocer al Espíritu ni estar en condiciones de someternos a él firmemente desde el primer día. A medida que vayamos desarrollando nuestro crecimiento espiritual, nuestro sometimiento al Espíritu será mayor, y nuestra capacidad espiritual para relacionarnos con él se irá desarrollando también progresivamente.
  • Someterse al Espíritu tiene que ser, para empezar, una decisión firme; pero esa decisión hay que mantenerla día a día, porque implica una lucha continuada y sin piedad contra los enemigos del Espíritu, sobre todo la carne y el mundo, que no se resisten a perder los privilegios que tienen en el hombre viejo. Sin esta lucha no hay crecimiento, y sin crecimiento no hay posibilidad de llegar a orar en el Espíritu con normalidad, porque no existe un verdadero sometimiento al Espíritu.

Orar en el Espíritu supone, en definitiva, dejar que el Espíritu dirija la oración, su contenido, la forma de interceder, su tiempo, etc. Por eso, orar en el Espíritu es, entre otras cosas, un acto permanente de fe. Y ¿no es la fe uno de los pilares de la intercesión?

  • Puesto que es tan importante la presencia del Espíritu en la intercesión deberíamos preocuparnos, antes de cualquier oración de intercesión, de ajustar nuestras relaciones con él, de ponernos en sus manos, someternos a él, pedirle perdón por nuestras resistencias y falta de colaboración y entregarle nuestra voluntad y todo nuestro ser para que él lo emplee como quiera en esa intercesión. Es decir, deberíamos pensar y admitir que el protagonista principal de esa intercesión tiene que ser él para que al final haya buenos resultados.

Y pedir también el Espíritu: El Espíritu debería ser también objeto de nuestra oración de intercesión, porque el Espíritu es el mayor don de Dios a la humanidad después que el Hijo volvió al Padre; don para su Iglesia, pero también don para los hombres. La mayor bendición que Dios puede dar a alguien es concederle su Espíritu de filiación que lleva a cabo el nuevo encuentro de Dios con el hombre. ¿Y es que se puede interceder por algo más importante que esto? Decía el Maestro: "Si pues vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!" (Lc 11,13).