Interceder con autoridad y poder (6)

Tras hablar el mes pasado acerca de la vigilancia, vamos a continuar tratando de otras dos actitudes fundamentales para todo verdadero intercesor: la resistencia y el ataque.

La resistencia es la primera actitud lógica ante cualquier tipo de ataque, aunque se trate del reino espiritual. Dice Pedro: "Resistidle firmes (literalmente 'permaneced haciéndole frente') en la fe" (1 P 5,9). Hay que enfrentarse al enemigo, pero no a pecho descubierto. Para que esta actitud tenga éxito tenemos que hacer uso de la fe, llamada por Pablo "el escudo" (Ef 6,16) contra los dardos del maligno. Y por supuesto se trata de una vida de fe y no sólo de una creencia; porque la fe empieza en los enunciados, pero termina en las obras.

También Santiago dice: "Someteos, pues, a Dios; pero resistid al diablo, y huirá de vosotros" (St 4,7). Aquí aparece un elemento nuevo, otra clave aclaratoria de la clase de fe que se nos pide: 'someteos a Dios'. No puede ser de otro modo, porque sólo en Dios está el poder para vencer al maligno, y sólo estando en él -sometidos a él- podemos tener su poder. Es también un modo de explicar que la fe verdadera, que es la que se vive, se autentifica por el hecho de estar realmente sometidos a Dios.

Pablo, en el contexto del combate espiritual del que habla en la carta a los Efesios y después de hacer referencia a las armas concretas para el mismo, dando una especie de normas generales con las que acoger lo que ha dicho antes, procede a unificar las dos reglas al decir: "Velando con toda perseverancia" (Ef 6,18).

Ataque. Un ejército que no ataca no puede ganar una guerra. Si tiene suerte podrá evitar la derrota, pero no podrá vencer estando atrincherado. Sin embargo, ésta parece la primera teoría de muchos cristianos: vivir atrincherados esperando que alguien luche por ellos. Cuando Pablo nos habla del combate espiritual, no se dedica a contar cuentos para niños espirituales, sino que habla de realidades peligrosas.