Interceder con autoridad y poder (8)

Como las armas sofisticadas, el poder de Dios no debe ser objeto de manipulación por cualquiera ni puede usarlo alegremente cualquier intercesor. El ejercicio de la autoridad y el poder de Dios en la oración de intercesión, personal o comunitaria, requiere tres condiciones fundamentales para que pueda haber éxito: a) capacitación, b) discernimiento, c) aplicación correcta.

La capacitación supone conocimientos, preparación, estar viviendo la verdadera vida de los hijos de Dios, no tener nada en nosotros que contriste al Espíritu Santo, y estar debidamente preparados y entrenados en el uso de las armas de Dios. Significa poner de nuestra parte lo poco que podemos para darle al Señor la oportunidad de hacer lo demás por nosotros, pues "ésta es la confianza que tenemos delante de Dios por Cristo. No que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos cosa alguna, como propia nuestra, sino que nuestra capacidad nos viene de Dios" (2 Co 3,4-5).

El discernimiento supone que hemos de saber cuándo y cómo tenemos que usar las armas del combate espiritual y que el ejercicio de la autoridad esté en armonía con la voluntad de Dios. Nos lleva a hacerlo todo según Dios y no caer en el engaño propio ni del enemigo, para que no nos tengan que decir como a los falsos profetas: "¿No es cierto que no tenéis más que visiones vanas, y no anunciáis más que presagios mentirosos, cuando decís: 'Oráculo de Yahveh', siendo así que yo no he hablado?" (Ez 13,7).

La aplicación tiene que ver con situaciones o personas sobre las que tenemos una responsabilidad o que el Espíritu pone en nuestro corazón. No se puede intentar alegremente hacer uso del poder de Dios porque, además de no funcionar, conlleva peligros añadidos por movernos fuera del terreno en que se nos ha prometido la ayuda necesaria. Pero cuando se usan correctamente, "las armas de nuestro combate no son carnales, antes bien, para la causa de Dios, son capaces de arrasar fortalezas" (2 Co 10,4).