Interceder con ayuno

El ayuno es una forma de negarse a sí mismo por amor a Jesucristo y al Reino: se trata de una abstinencia deliberada durante un tiempo con finalidad espiritual, no tomar comida porque el hambre espiritual que tenemos es más profunda, nuestra determinación de interceder más intensa o la batalla en que nos encontramos tan exigente que decidimos dejar temporalmente a un lado las necesidades físicas para entregarnos a la oración.

  • En un sentido más amplio, el ayuno es cualquier negación de nosotros mismos y cualquier abstinencia deliberada con el fin de fortalecernos espiritualmente y hacer avanzar la obra del Reino de Dios. Se puede ayunar de ambiciones personales, deseos y planes, de comida y bebida, de placeres, derechos y gozos legítimos, de comodidades y lujos...
  • En la Biblia el ayuno es, acompañado de la oración y la limosna, uno de los medios más expresivos que el hombre usa para manifestar ante Dios la humildad, la esperanza y el amor.
  • La Palabra de Dios nos muestra razones concretas por las que queremos aproximarnos a Dios mediante el ayuno:
    - Ayunar para agradar a Dios, no por otros motivos: "¿habéis ayunado de verdad por mí?" (Za 7,5).
    - Ayunar en respuesta a una llamada de Dios: "Más ahora todavía -oráculo del Señor- volved a mí de todo corazón, con ayuno, con llantos, con lamentos" (Jl 2,12).
    - Para humillarnos delante de Dios: "Y yo... humillaba mi vida con ayuno, repitiendo en mi pecho mi oración" (Sal 35,13).
    - Para buscar el rostro de Dios. "Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo corazón" (Jr 29,13). El ayuno libera de todas las trabas de la carne, aligera el corazón y agudiza los sentidos del espíritu del hombre para encontrar el rostro de Dios.
    - Para buscar el auxilio divino antes de emprender una misión difícil. Los soldados de Israel, para saber si tenían que entrar en combate contra los benjaminitas "lloraron, se quedaron allí delante del Señor, ayunaron todo el día hasta la tarde y ofrecieron holocaustos" (Jc 20,26).
    - Para implorar sanación, como David ante la enfermedad del hijo que había tenido con la mujer de Urías (cf 2 S 12, 16).
    - O con el fin de prepararse para el encuentro con Dios (cf Dn 9,3).