Interceder con accion de gracias y alabanza

Toda intercesión debería ir precedida de la acción de gracias y de la alabanza: "Entrad por sus puertas con acciones de gracias, con alabanza en sus atrios, dadle gracias, bendecid su nombre" (Sal 100,4). La intercesión es con frecuencia una lucha contra el mal; pero cuando alabamos a Dios antes de interceder, la alabanza levanta nuestros ojos desde la batalla y nos coloca en Cristo, en quien está toda victoria espiritual. Cuando intercedemos así:

  • La alabanza renueva nuestras fuerzas. Quien alaba a Dios lo hace porque pone su esperanza en él, a pesar de todas las dificultades. Dice la palabra de Dios: "A los que esperan en el Señor, él les renovará el vigor, subirán con alas como de águilas, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse" (Is 40,31).
  • La alabanza da muerte a nuestro egoísmo y pone en primer lugar la gloria de Dios. De este modo demostramos nuestra confianza en el amor y en el poder de Dios en relación a los problemas por los que queremos interceder. Mientras alabamos a Dios tenemos los ojos fijos en él. Y, ¿qué sucede cuando actuamos así? "Los ojos de todos fijos en ti, esperan que les des a su tiempo su alimento; abres la mano tú, y sacias el deseo de todo ser viviente" (Sal 145,15-16).
  • La alabanza hace poderosas nuestras oraciones: "Sacrificio ofrece a Dios de acción de gracias... e invócame el día de la angustia, te libraré y tú me darás gloria" (Sal 50,14-15). Aunque nos cueste creerlo, uno de los modos más prácticos de interceder es el de apoyarnos en la alabanza. Cuando lo hacemos así, ponemos la atención en el Señor más que en las situaciones; esta actitud nos impide caer en la trampa de interceder por egoísmo. Josafat, "habiendo deliberado con el pueblo, señaló cantores que, vestidos de ornamentos sagrados y marchando al frente de los guerreros, cantasen en honor del Señor: 'Alabad al Señor, porque es eterno su amor'. Y en el momento en que comenzaron las aclamaciones y alabanzas, Dios puso emboscadas contra los ammonitas y moabitas y los del monte Seír, que habían venido contra Judá, y fueron derrotados" (2 Cro 20,21-22).
  • La alabanza ahuyenta al enemigo. El orgullo del Diablo, su afán por ser reconocido, servido y aun adorado, le llevó a caer de lo más alto, porque quiso subir al trono del Altísimo y colocarse en él. Ese afán sigue siendo su ambición hoy. Por eso no resiste que en su presencia Jesucristo sea reconocido como el Señor, sea alabado y enaltecido, sea glorificado y adorado. La mejor forma de ponerlo en fuga es alabar a Jesucristo en su presencia. Cuando alabamos a Dios, ponemos nuestros ojos y nuestro corazón en él. En respuesta, él pone sus ojos y su corazón en nosotros. Entonces ve nuestro sufrimiento y nuestras necesidades y viene en nuestra ayuda con su amor y su poder.