Interceder con clamor y con lágrimas

Interceder con clamor y lágrimas no es un invento de ningún investigador sobre la intercesión, sino una enseñanza de la palabra de Dios, cuyo origen está en nuestro Sumo Intercesor: "el cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente" (Hb 5,7-8).

Cuando las lágrimas son lágrimas de anhelo derramadas en una intercesión, o de gozo mientras se alaba a Dios por una oración contestada, son gratas a los ojos de Dios. "Jesús lloró" (Jn 11,35) antes de interceder por Lázaro y resucitarlo. Las lágrimas de un intercesor dan testimonio ante Dios de la profundidad de identificación con aquél o aquéllos por los cuales se intercede. Las lágrimas de los ojos pueden faltar, pero no pueden faltar las lágrimas del corazón, que es lo que Dios mira (cf 1 S 16,7) y donde se recogen los anhelos del Espíritu: "Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán" (Sal 126,5).

Con frecuencia, nuestras oraciones de intercesión llevan poca dinamita. Nos limitamos a poner en conocimiento de Dios una necesidad y pedirle brevemente que actúe sobre ella. Es porque en nuestro corazón todavía no se dan las condiciones de un verdadero intercesor. Luego esperamos que Dios conteste, y a veces hasta nos quejamos de que no haya pronto una respuesta.

Interceder es un ministerio necesario, importante y urgente de todo cristiano. Si es necesario aprender, aprendamos; pero no dejemos que el amor y el poder de Dios falten a la humanidad porque no haya encontrado intercesores sobre la tierra (cf Is 59,16).