Jesucristo intercediendo: “Alzando los ojos al cielo, dijo...” (Jn 17,1)

Hemos de suponer que, si hay algún texto donde ni sobran ni faltan palabras, ése se halla en la Palabra revelada, donde todo tiene su significado, y mucho más profundo de lo que a primera vista podemos pensar y descubrir. Pues bien, el pasaje de Juan 17 que nos habla de la gran intercesión de Jesús comienza con esas palabras: "alzando los ojos al cielo".

Alzar los ojos al cielo no es un simple gesto físico del cuerpo, animado por la mente o la voluntad; es sobre todo un gesto del espíritu; porque, cuando nos dirigimos a Dios, nos estamos moviendo principalmente en el terreno del Espíritu. Alzar los ojos al cielo es levantar el corazón a Dios, desatándolo -si está atado- de las ataduras de abajo, de las cosas de la tierra, del lastre de lo psico-físico o puramente humano, para acercarnos a Dios y entrar en su terreno, es decir, en su presencia.

Alzar los ojos al cielo es salir de lo puramente humano, de nuestros intereses y egoísmos, de nuestras prioridades o de nuestros proyectos, para olvidarnos de nosotros mismos y perdernos en Dios, en su voluntad, en su amor, en su palabra. Es en definitiva empezar a ser lo que siempre tendríamos que ser por encima de todo: criaturas de Dios y, como discípulos de Cristo, hijos de Dios, como Hijo era Jesucristo, el que en esta ocasión está levantando los ojos al cielo, antes de hablar al Padre y como preámbulo a lo que va a decir.