Expiación por el pecado de España

"Lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal" (Is 1,16)

Termina un año, y con él el primer lustro del nuevo siglo. En nuestro corazón hay una gran expectativa por lo que ha de venir, conscientes de que mucho de lo que vivamos va a depender de nuestro sometimiento a los planes de Dios individualmente y como pueblo, e igualmente va a depender de la fidelidad de los intercesores para clamar al Padre por esta nación. Pero al mismo tiempo nuestra vista se vuelve hacia atrás. Hay muchos motivos para dar gracias a Dios: él ha sido fiel, ha obrado en medio de tantas y tantas circunstancias… Debemos reconocerlo y darle la gloria una vez más. Su misericordia y su gracia nos han sostenido y permitido ver cómo su Reino avanzaba. Sin embargo, al volver nuestra mirada hacia atrás, de nuestros corazones surge también un sentimiento de dolor ante el pecado que los hombres hemos acumulado delante de Dios, como un agravio o una afrenta ante la que no podemos más que pedir perdón y humillarnos.

Es tiempo de humillarse. Sin duda alguna, necesitamos humillarnos como nación. La ceguera y la soberbia que han hecho a España dar la espalda a Dios sólo tienen una cura… a tiempo, y creemos que es tiempo todavía: arrepentimiento y humillación. Los intercesores somos quienes nos presentamos delante de Dios en nombre del pueblo. ¿Cómo lo haremos? Tenemos una responsabilidad enorme.

Y es tiempo de expiar por el pecado. Los cristianos algo podemos hacer, algo debemos hacer. Tenemos una responsabilidad como pueblo sacerdotal: ofrecernos como sacrificio vivo y santo delante de Dios, circuncidando nuestros corazones delante de él. Nuestro clamor y nuestro ayuno han de subir con sinceridad delante de Dios. Quizá Dios escuche y se apiade de nuestro país.

Sólo podemos bajar la cerviz, con conciencia de nuestro pecado (también el nuestro personal, con el que hemos contribuido al pecado de esta tierra), reconociendo nuestras culpas; y levantar nuestra mirada y nuestras manos, con confianza, humildemente, ante nuestro Dios, rico en misericordia.

No queremos seguir igual. Algo espiritualmente tiene que ser truncado, algo tiene que cambiar: la tendencia al pecado de este país. Por eso, más que nunca es necesario ponernos en la brecha. Es necesario que Dios sepa que no queremos seguir más bajo el oprobio y la vergüenza del pecado, que necesitamos que él corte las cadenas y las iniquidades que atan a nuestra generación. De este modo, podremos ver establecido un nuevo fundamento, implantando la palabra y el poder del Espíritu en el corazón de cada habitante de esta tierra. Hay un futuro diferente, bajo la protección de Dios, para su gloria, reservado para España. Pero ese futuro depende de que nos tomemos en serio la gravedad de nuestro pecado en este momento y de que nos pongamos en la brecha para interceder y revertir la situación con la gracia de Dios.

Fundamento de la Palabra de Dios: 
  • La palabra de Dios es clara cuando diagnostica la raíz de nuestros problemas y males: "todos pecaron y están privados de la gloria de Dios" (Rm 3,23). Y también habla de las graves consecuencias de esta plaga que es el pecado: "Pues el salario del pecado es la muerte" (Rm 6,23).
  • Sin embargo, Dios no nos ha desechado, sino que quiere que nos volvamos a él y nos da otra oportunidad, enviándonos su Palabra para que podamos guiarnos por sus mandatos y justos juicios: "Hacia el Señor gritaron en su apuro, y él los salvó de sus angustias; su palabra envió para sanarlos y arrancar sus vidas de la fosa" (Sal 107,19-20).
  • La palabra de Dios venía al pueblo a través de los profetas, y el pueblo adquiría conciencia de su pecado. Dios aceptaba entonces un corazón contrito y humillado: "El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias" (Sal 51,17).
  • Pero no era suficiente con arrepentirse, era necesario hacer una expiación por el pecado, para que no recayesen sobre el pueblo las consecuencias de las que se habían hecho merecedores por su pecado: "el sacerdote hará expiación por ellos y se les perdonará" (Lv 4,20). Los sacerdotes eran los encargados de hacerlo: "Entre el vestíbulo y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y digan: ‘¡Perdona, Señor, a tu pueblo, y no entregues tu heredad al oprobio, a la irrisión de las naciones! ¿Por qué se ha de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios?’" (Jl 2,17).
  • La mejor expiación que podemos presentar es el Cordero sin tacha, Jesucristo, quien pagó por nuestros delitos y pecados. Su sangre habla mejor que la del sacrificio de Abel, y nos justifica, si confesamos nuestros pecados (cf. 1 Jn 1,9).
  • Aun así, los hombres preferimos la oscuridad a la Luz, amando el pecado y rechazando la salvación (cf. Jn 1,11). Hemos añadido pecado sobre pecado y hemos endurecido nuestra cerviz.
  • A pesar de que nuestra situación es crítica a los ojos de Dios, que es lo que cuenta, todavía hay esperanza: "volverá a compadecerse de nosotros, pisoteará nuestras culpas" (Mi 7,19). Pero urge que se levante un resto de intercesores que tomen en serio la gravedad de nuestra situación: "Mas yo miro hacia el Señor, espero en el Dios de mi salvación: mi Dios me escuchará" (Mi 7,7).

 

Oración particular para este mes: 

Padre, tú has sido fiel. Tu gracia nos ha sostenido a lo largo de este año. Te damos gracias por cuanto de bueno hemos vivido, porque ha venido de ti.

Pero nos presentamos hoy ante ti arrepentidos y avergonzados por tanta maldad, ignominia y pecado que cubren nuestra tierra. Hemos fallado. Como nación nos hemos extraviado, rebeldes y ciegos, yendo en pos de los ídolos, de forma que rechazamos tu amor y no acogimos tu gracia.

¿Nos perdonarás, Señor? No tenemos nada que alegar en nuestro favor. Sólo la sangre de tu Hijo, esa sangre inocente vertida por los pecadores. Hoy no queremos que se pierda ni se desprecie más, sino que cubra nuestra maldad, y sean perdonados nuestros delitos.

Reconocemos nuestro pecado, lo confesamos delante de ti, y pedimos perdón en nombre de los pecados de nuestro país a lo largo de este año. Reconocemos los muchos pecados que hemos acumulado en nuestro país: incredulidad, soberbia, rebeldía contra ti y tus leyes, aborto, asesinatos, mundanalidad, materialismo, dureza de corazón, desenfreno y lujuria, pecados de idolatría, pecados de prácticas ocultistas, también iras, rencillas, disputas, muchas veces en el seno de las familias, también pereza para buscar la verdad y cobardía para defenderla, y pecados de la lengua: tantas mentiras, engaños, chismes, calumnias, insultos, blasfemias, palabras ociosas y soeces. [Pueden enumerarse otros pecados]

No acabaríamos si quisiésemos recoger todos nuestros pecados. Están delante de ti, y son un testimonio contra nosotros. No tenemos nada que alegar en nuestra defensa. Sólo pedimos que todos nuestros pecados sean cubiertos por la sangre de Cristo. Tú eres un Dios rico en misericordia, que no te complaces en el castigo, sino en que el pecador se convierta y viva. Donde abunda el pecado, tu promesa es que la gracia va a sobreabundar: tu gracia es mayor. Derrama tu perdón y tu gracia. Que el Espíritu Santo traiga conversión y santidad a esta tierra, trayendo conciencia de pecado a cada persona que aquí habita y afirmando un espíritu nuevo, firme, en los corazones de los hombres, para buscarte, y que ponga así un nuevo fundamento en esta nación, para tu gloria, Padre, y para que los hombres podamos vivir tus planes de amor y salvación. En el nombre de Jesús. Amén.

JORNADA DE ORACIÓN Y AYUNO : 
Día 30 de Diciembre.