Por la unidad de los intercesores en España

"Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5)

Éste es el tiempo de los intercesores. Ante tantos peligros y desafíos, ante una guerra espiritual tan fuerte como la que vivimos, ante la necesidad de restauración y salvación de tantos y tantos en esta tierra, ante tanto pecado como hay en nuestro país, mucha intercesión y muchos intercesores son necesarios. Todos los intercesores son necesarios, y nuevos intercesores son necesarios.

Sin embargo, estamos viendo que interceder no es algo que se pueda hacer de cualquier manera. Para que nuestra intercesión sea efectiva y llegue a mover el corazón y la mano de Dios se necesitan algunas características. Una de ellas es la unidad de los intercesores.

No se trata de que estemos físicamente juntos, ni de que seamos amigos entre nosotros. Se trata de que permanezcamos en Cristo y haya comunión en Cristo y en el Espíritu entre nosotros. Se trata de que el Señor pueda llevarnos a orar de acuerdo, unidos, para que sus planes sean revelados y, orando de acuerdo con sus planes, éstos sean realizados en nuestra tierra.

Se trata de que nuestros corazones sean misericordiosos como el corazón del Señor, nuestra mente llena de su Palabra, nuestra voluntad sometida a la suya, y se trata de que no juzguemos a nuestros hermanos, sino que oremos los unos por los otros derribando las barreras de la división en nuestros corazones.

Dios está esperando que un pueblo unánime clame a él, con un mismo sentir y un mismo pensar, en el Espíritu, según la voluntad de Dios y para su gloria. Cuando esto suceda, vamos a ver los cielos abiertos como nunca antes sobre nuestra tierra.

Fundamento de la Palabra de Dios: 
  • El Señor quiere la unidad de sus discípulos. Es más, se trata de un mandato: "tened todos unos mismos sentimientos, sed compasivos, amaos como hermanos, sed misericordiosos y humildes" (1 P 3,8). Y también es la oración de Jesús al Padre: "Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros" (Jn 17,21).
  • Esta unidad sólo puede ser posible a partir de la comunión con Cristo: "Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí" (Jn 15,4).
  • La verdadera unidad traerá fruto: "que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí" (Jn 17,21-23).
  • Cuando queremos servir al Señor o participar de un ministerio en el Reino –como el ministerio intercesor–, nuestra unidad es si cabe todavía más necesaria: "Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda" (Mt 5,23-24).
  • Tenemos el ejemplo de los primeros cristianos, que "perseveraban en la oración, con un mismo espíritu" (Hch 1,14).
  • No debemos perder de vista que la unidad es un don que llega con nuestra pertenencia a Cristo: "siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros" (Rm 12,5).
  • Pero al mismo tiempo, este don del Espíritu es algo que debemos conservar: "poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz" (Ef 4,3). Y también luchar continuamente contra todo lo que nos divide o todo lo que amenaza esa unidad: "Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que tengáis todos un mismo hablar, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio" (1 Co 1,10).
Oración particular para este mes: 

Padre, te damos gracias por el don precioso de la unidad. Primero, por la comunión en el Espíritu que has querido tener con nosotros por medio de Cristo. Siendo nosotros como éramos pecadores y enemigos tuyos, nos has reconciliado por la sangre preciosa de nuestro Salvador y Mediador perfecto, Jesús.

Pero también te damos gracias, Padre, por la unidad que has creado en tu Cuerpo, al que nos has unido sin nosotros merecerlo, con vínculos espirituales y lazos de amor. Te damos gracias por cada hermano que participa de esta misma vida que fluye por el Cuerpo, porque cada uno es un regalo y un motivo de gozo para todos.

Te pedimos, Padre, por aquellos que aún no son parte de tu rebaño, para que lleguen a conocer al único Pastor, Jesucristo, y haya un solo Pastor y un solo rebaño.

Señor Jesús, queremos unirnos a ti en tu oración al Padre, rogando por tus discípulos: "que sean uno".

Queremos pedirte perdón por nuestras divisiones y recelos, por nuestro individualismo, por nuestro orgullo, por nuestros juicios y críticas a nuestros hermanos.

Te decimos que amamos y bendecimos a cada hermano nuestro que confiesa tu nombre y te da culto en su corazón. Y si algo tiene alguno contra nosotros por prejuicios humanos, lo perdonamos en este momento.

Espíritu Santo de unidad, haz crecer los vínculos de amor y unidad entre nosotros, levanta un pueblo intercesor unánime y poderoso en ti, que marche como un ejército unido cumpliendo los propósitos de nuestro Rey, y para gloria del Padre. En el nombre de Jesús. Amén.

JORNADA DE ORACIÓN Y AYUNO : 
Día 16 de Diciembre.