Por la unidad de los cristianos

"Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5)

A los discípulos de Cristo desde bien temprano se nos denominó cristianos. Sin embargo, hoy día, cuando estadísticamente una gran proporción de los habitantes de la tierra son ‘cristianos’ el verdadero rostro del cristianismo y de Cristo mismo está desfigurado y oscuro para muchos, porque desconocen lo que significa realmente ser cristiano y quién es el Señor.

Una de las formas como hemos desfigurado lo que era el plan inicial del Maestro es por medio de nuestras divisiones. Cristo estableció la Iglesia como el Cuerpo de sus discípulos, en el que cada uno sería un miembro y todos serían miembros los unos de los otros, siendo Jesucristo la Cabeza. Y también como un ejército, en que él es nuestro gran capitán, nuestro comandante en jefe bajo cuyas órdenes actuamos coordinadamente, siendo entrenados, capacitados y enviados en escuadrones y compañías.

Todas estas imágenes (y más que imágenes, pues hablan de una realidad espiritual) resultan excesivas para una mentalidad individualista y autosuficiente. En otras palabras, como los cristianos muchas veces no hemos dado muerte a la carne y al mundo, nos encontramos tan debilitados que lo que reflejamos a los hombres demasiado frecuentemente no es el buen olor y sabor de Cristo, para que el mundo pueda gustar y saber qué bueno es el Señor, sino el mal olor y el amargo sabor de nuestras divisiones y envidias, que son un permanente escándalo y causa de incredulidad para el mundo.

Unámonos a la oración del Maestro: "que sean uno". Echemos de nuestro campo al Acusador de los hermanos y reedifiquemos los muros que se resquebrajaron y por los que penetró, con el argamasa de la reconciliación, el perdón, el amor de Dios, la oración los unos por los otros, y la bendición para que nuestros hermanos fructifiquen y sean levantados y usados por el Señor, hasta que podamos gozarnos por ello.

Fundamento de la Palabra de Dios: 
  • El Señor quiere la unidad de sus discípulos. Es más, se trata de un mandato: "tened todos unos mismos sentimientos, sed compasivos, amaos como hermanos, sed misericordiosos y humildes" (1 P 3,8). Y también es la oración de Jesús al Padre: "Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros" (Jn 17,21).
  • Esta unidad sólo puede ser posible a partir de la comunión con Cristo: "Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí" (Jn 15,4).
  • La verdadera unidad traerá fruto: "que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí" (Jn 17,21-23). Pero también la falta de unidad tiene sus frutos: escándalo y anti-testimonio ante el mundo.
  • Tenemos el ejemplo de los primeros cristianos, que "perseveraban en la oración, con un mismo espíritu" (Hch 1,14).
  • No debemos perder de vista que la unidad es un don que llega con nuestra pertenencia a Cristo: "siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros" (Rm 12,5).
  • Pero al mismo tiempo, este don del Espíritu es algo que debemos conservar: "poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz" (Ef 4,3). Y también luchar continuamente contra todo lo que nos divide o todo lo que amenaza esa unidad: "Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que tengáis todos un mismo hablar, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio" (1 Co 1,10).

 

Oración particular para este mes: 

Padre, oramos por tu Iglesia, por el Cuerpo que tu Hijo estableció en la tierra, la Novia que preparas para las Bodas del Cordero.

Señor Jesús, te pedimos perdón por la división que hemos introducido en medio de tu Cuerpo, hasta el punto de herirnos y enfrentarnos mutuamente, en vez de luchar unidos contra el Enemigo. Te pedimos perdón por el escándalo que supone para el mundo vernos divididos.

Derribamos en oración las barreras que nos separaban, las barreras de nuestros pecados, el orgullo, la envidia, los juicios, la murmuración, la maldición…

Y bendecimos, Señor, a nuestros hermanos en tu nombre.

Edificamos la unidad en tu Cuerpo, con nuestra adoración y sometimiento a ti, con nuestro perdón a nuestros hermanos, con nuestro amor y gozo por ellos, y con el vínculo del Espíritu y la paz de Dios.

Espíritu Santo, levanta a tu Iglesia como levantaste el valle de huesos secos de la visión de Ezequiel 37. Profetizamos la voluntad de Dios de unidad para la Iglesia. Y llamamos al Espíritu de los cuatro vientos, que sople sobre todos los huesos secos para que se unan, vivan y formen un inmenso y poderoso ejército. En el nombre de Jesús. Amén.

JORNADA DE ORACIÓN Y AYUNO : 
Día 26 de Enero.
Palabra inspirada: