Para que el Espíritu Santo avive la fe en los corazones

"El hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo" (Ga 2,16).

La vida cristiana está relacionada directamente con la vida eterna o la vida de Dios, que es derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, de forma que "el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él" (1 Co 6,17). Entre los dones que derrama el Espíritu Santo al unirse a nuestro espíritu y que permiten nuestra relación y comunión con la Trinidad, el más importante es el amor, pero el primero es la fe. Podemos decir que toda la vida cristiana comienza por la fe.

La fe es como una llave que da acceso a la planta superior de una vivienda. Nuestro lugar, como seres naturales es la tierra, pero como seres espirituales que somos también, es la dimensión del espíritu, que trasciende lo natural, lo terrenal. E incluso somos más "de arriba" que "de abajo", por cuanto el tiempo que pasamos en la tierra es limitado, pero el tiempo que somos llamados a pasar en el nivel sobrenatural es nada más y nada menos que toda la eternidad. Durante nuestra vida en la tierra, los hombres podemos pasar toda la vida habitando sólo la "planta baja" de nuestra vivienda, por desconocimiento de que tenemos "otra planta" o por carecer del medio para acceder a ella. Pero no es así: tenemos la llave en nuestras manos, porque el Espíritu la pone a nuestro alcance y quiere que nos aprovechemos de lo que "la planta de arriba" encierra. Allí habita Dios, que es Espíritu, y nos podemos relacionar con él. Allí están, junto con Dios, todas las bendiciones que nos aguardan "en los cielos, en Cristo" (Ef 1,3). Porque, como dice Pablo: "sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos" (2 Co 5,1).

En medio de nuestra sociedad tan materialista por un lado, negando tantas veces toda trascendencia, y tan pagana por otro, capaz de abrirse a ofertas pseudo-espirituales, a caminos peligrosos, la Palabra de Dios viene a dar luz a los corazones de los hombres y a sembrar la semilla de la fe, que el Espíritu Santo quiere hacer germinar con su poder. Oremos para que junto con la acogida a la Palabra de Dios los hombres reciban el don de la fe y busquen a Dios con todo su corazón.

Fundamento de la Palabra de Dios: 
  • La carta a los Hebreos nos explica en qué consiste la fe auténtica y cómo nos relaciona con Dios y las realidades espirituales: "La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven" (Hb 11,1).
  • Por tanto, la fe es necesaria para cualquier acercamiento a Dios, no basta sólo con nuestra capacidad, con nuestra inteligencia o con nuestra voluntad: "sin fe es imposible agradarle, pues el que se acerca a Dios ha de creer que existe y que recompensa a los que le buscan" (Hb 11,6).
  • Pero la fe es un don que recibimos y Dios tiene una medida de fe para cada uno: "la medida de la fe que otorgó Dios a cada cual" (Rm 12,3).
  • Quien ha conocido a Dios y ha creído en su Palabra, confía en él para todos los pasos que tiene que dar, buscando cumplir la voluntad de Dios en su vida. La fe será entonces la base de nuestra relación con Dios y de nuestra vida: "el justo vivirá por la fe" (Rm 1,17). De tal forma que nuestra vida va "de fe en fe" (Rm 1,17).
  • Jesucristo es nuestro Maestro de fe y nuestro sumo intercesor ante el Padre. Por eso Pablo nos exhorta a poner "fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe" (Hb 12,2).
  • La fe es despertada por el anuncio genuino de la palabra de la salvación, que nos relaciona en definitiva con la obra y la persona de Jesucristo: "la fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo" (Rm 10,17).
  • Pero la fe, si está viva, produce fruto, se manifiesta en las obras de la fe: "¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: «Tengo fe», si no tiene obras?" (St 2,14). Y la conversión es el fruto que le sigue a la fe, trayendo salvación y vida eterna: "Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué hemos de hacer, hermanos? Pedro les contestó: Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Mt 9,3-8).
Oración particular para este mes: 

Padre, te damos gracias por el don de la fe que nos has dado juntamente con tu Hijo. En él nos has enseñado la vida de confianza en ti, de dependencia de ti, de intimidad y comunión contigo, y en él nos has bendecido con toda clase de dones espirituales, primeramente con el don de la fe.

Padre, te pedimos por nuestros familiares, por nuestros conocidos y amigos, por nuestros compañeros de trabajo o estudios, por nuestros vecinos: haz que llegue hasta ellos la palabra de la salvación, y abre sus corazones para acoger el don de la fe, que transforme sus vidas para la eternidad.

Señor Jesús, iniciador y consumador de la fe, te consagramos nuestra generación, a estas personas por las que oramos, puesto que tú eres el único Salvador y el Señor de sus vidas. Te pedimos que no se pierdan, sino que crean en ti y se salven.

Espíritu Santo, que en el nombre de Jesús vienes a infundir la vida a nuestro espíritu, barre con tu soplo divino toda la ceguera espiritual y quita la venda que cubre los ojos del corazón de los hombres, y que puedan abrir sus ojos espirituales a las realidades eternas.

Espíritu Santo Consolador, derrama hambre y sed de Dios, hambre y sed de tu presencia, de conocerte, de tu compañía. Te presentamos a todos los atribulados, angustiados, desconsolados, abatidos, y a todos los hombres sin esperanza y sin dirección, jóvenes y ancianos. ¡Derrama el don de la fe sobre ellos en este día!

En el nombre de Jesús. Amén.

JORNADA DE ORACIÓN Y AYUNO : 
Día 25 de Mayo