Reflexión sobre la oración de intercesión I

Jesús dijo:"Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin" (Ap 22,13)

 

1. Reflexión sobre la oración de intercesión

La oración de intercesión tiene que ver, sobre todo y fundamentalmente, con el misterio del poder y el amor de Dios. Toda acción activa o pasiva resultante de una intercesión correcta del hombre ante Dios toca el poder de Dios y desata el amor de Dios. Desde este punto de vista podríamos decir que siempre que vayamos a plantearnos algún aspecto de la intercesión, tendríamos que poner los ojos en primer lugar en estas dos referencias —el amor y el poder de Dios— para preguntarnos: ¿Cómo podemos tocar el poder de Dios y desatar su amor en este asunto o para esta situación?

La imagen que Dios quiso reproducir en el hombre, al crearlo, incluía también una relación con el poder, cuyo único depositario absoluto y universal era Dios:

  • Después de crear el mundo físico, Dios dijo: "Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos y en las bestias y en todas las alimañas terrestres y en todas sierpes que serpean por la tierra" (Gn 1,26). Y el salmista exclama al referirse al hombre: "Apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor; le hiciste Señor de las obras de tus manos, todo fue puesto bajo sus pies" (Sal 8,6-7).
  • El pueblo de Israel, que era muy consciente de esto, todavía quedó asombrado cuando vio las obras de Jesús de Nazaret, y "temió y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres" (Mt 9,8). Este hombre, que causó asombro con sus palabras y sus obras, reveló su secreto al terminar su misión en el mundo: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28,18). Y como poseedor del poder absoluto, hizo a sus discípulos partícipes del mismo, alcanzando también el reino espiritual: "En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí hará él también las obras que yo hago" (Jn 14,12). No tenemos por qué sorprendernos de que, cuando los setenta y dos volvieron de su excursión evangelizadora, dijeran contentos: "Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre" (Lc 10,17). Aquellos discípulos eran de los que habían creído en él.

Dios dio también poder a otros seres creados, a los ángeles, un poder muy superior en principio al que dio a los hombres. Pero los ángeles usan su poder de diferente modo: los fieles a Dios, para el bien; los rebeldes a Dios, para el mal; los fieles a Dios, para acercar a los hombres a Dios; los rebeldes, para alejarlos de Dios.
a) El hombre natural no puede enfrentarse con éxito nunca al poder de los ángeles, sean fieles o rebeldes a Dios, por ser muy superior al de los hombres.
b) Sin embargo, hay una parcela de la humanidad, la de los verdaderos discípulos de Jesús que, al recibir el poder de Jesucristo -poder que comparten con él en cuanto permanecen en él- pueden alcanzar también la esfera de lo espiritual, porque también este reino le está sometido a Jesucristo, al no haber nada que escape a su poder.
c) Otro hombres, entre los que cabría destacar a los servidores del diablo, pueden recibir también poder de estos espíritus malignos, un poder superior al humano, pero siempre inferior al que tiene Jesucristo y, por consiguiente, al poder de los discípulos a quienes Jesucristo hace partícipes del suyo. Un anticipo de esta realidad, como de tantas otras, lo encontramos en la Palabra de Dios del AT, en las instrucciones que el Señor Dios da a Moisés antes de visitar a Faraón: "Cuando Faraón os diga: haced algún prodigio, dirás a Aarón: 'Toma tu cayado y échalo delante de Faraón, y que se convierta en serpiente'. Presentándose, pues, Moisés y Aarón a Faraón e hicieron lo que el Señor había ordenado: Aarón echó su cayado delante de Faraón y de sus servidores y se convirtió en serpiente. También Faraón llamó a los sabios y a los hechiceros, y también ellos, los sabios egipcios, hicieron con sus encantamientos las mismas cosas. Echó cada cual su vara, y se trocaron en serpientes; pero el cayado de Aarón devoró sus varas" (Ex 7,9-12).