La mediación en el Antiguo Testamento

Jesús dijo: "Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida" (Jn 6,63)

 

Tan antigua como la humanidad

  • Mientras el hombre estuvo en comunión con Dios no hubo necesidad de intercesión ni de intercesores. Dios y el hombre no estaban separados por ningún impedimento; la relación era perfecta y la capacidad del hombre para recibir el amor de Dios o corresponderle funcionaba a las mil maravillas.
  • Pero, cuando el hombre se dejó engañar por el tentador y desobedeció a Dios, se produjo la ruptura: el hombre dejó de estar en comunión con Dios y, por si fuera poco, se enfrentó a él. A partir de aquí había dos alternativas para Dios: dejar que el hombre corriera su suerte o acudir en ayuda del hombre, porque la carencia de Dios que el hombre sufrió y la hostilidad consiguiente entre ambos, a causa de la ruptura provocada por el hombre, dio como resultado en el corazón del hombre un vacío que él jamás podría llenar por sí mismo.
  • Esta carencia, junto con la voluntad de Dios de seguir amando al hombre a pesar de todo, fueron las causas que provocaron la necesidad de un reencuentro entre ambos. De ahí nacieron el ministerio de la mediación y la figura del mediador, como una manifestación del poder, del amor y de la voluntad soberana de Dios.

Dos etapas diferentes

  • Al contemplar la historia de la mediación ante Dios, podemos distinguir dos etapas claramente definidas: la del Antiguo Testamento y la del Nuevo Testamento.
  • La primera es la etapa de la mediación imperfecta, mediación que llega a Dios a través de hombres cualificados y elegidos por Dios, que tienen un ministerio más o menos marcado de intercesores.
  • La etapa del Nuevo Testamento se corresponde con la mediación perfecta, debida a la presencia de un mediador único y suficiente, Cristo, de cuyo ministerio de intercesión podemos participar con él y por él sus discípulos.

Sin mediador adecuado en el Antiguo Testamento

Tal vez sea ésta la diferencia más importante entre las dos etapas: que en el Antiguo Testamento no encontramos un mediador perfecto, a través del cual pueda hacerse una mediación perfecta. Dios, el Dios de Israel, es único, trascendente, absoluto y santo; pero entre los hombres no hay nadie que pueda presentarse dignamente ante él, porque ninguno reúne esas cualidades.

  • Ningún hombre, ni siquiera el más perfecto que se pueda hallar, es digno o capaz de equipararse a Dios o acercarse a él con algún tipo de derecho o razonamiento válido en la mano para interceder en favor de los hombres o sus circunstancias: "Un soplo solamente los hijos de Adán, los hijos de hombre, una mentira; si subieran a la balanza, serían menos que un soplo todos juntos" (Sal 62,10). O como el Señor dice por boca del profeta: "¿Con quién me asemejaréis y seré igualado?" (Is 40,25). El problema es que "cuando hay uno solo no hay mediador, y Dios es uno solo" (Ga 3,20).
  • El pueblo de Dios del Antiguo Testamento tiene conciencia y experiencia del problema, tanto que para relacionarse con Dios lo hace siempre a través de sus intermediarios, que hacen también el servicio de mediadores o intercesores. El anciano Elí dice a sus hijos: "Si un hombre peca contra otro hombre, Dios será el árbitro; pero, si el hombre peca contra Dios, ¿quién intercederá por él?" (1 S 2,25).

Los mediadores de esta etapa de la historia de la salvación lo son en sentido relativo, en cuanto que son intermediarios a quienes Dios confía una misión ante los hombres, debido a que Dios quiere mantener una relación con ellos. De aquí se deduce que la iniciativa de la intercesión no parte de los hombres, sino de Dios. De esta característica participan todos los intercesores de la antigua Alianza, tanto los que se conocen como intercesores, como aquellos para quienes la mediación era una función adicional a su ministerio principal; tal es el caso de los profetas.