Nuestro Sumo Sacerdote(II)

"Ante esto ¿Qué diremos? Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios y que intercede por nosotros?" (Rm 8, 31-34)

 

Otras cualidades de nuestro Sumo Sacerdote

a) En los cielos
A diferencia de los antiguos sacerdotes, que vivían en la tierra y realizaban toda su actividad en el plano terrenal y entraban siempre en la primera parte de la tienda para desempeñar las funciones del culto; pero en la segunda parte entran una vez al año, y sólo el Sumo Sacerdote, y no sin sangre que ofrecer por sí mismo y por los pecados del pueblo (cf Hb 9,6-7), este gran Sumo Sacerdote, "Jesús, el Hijo de Dios" (Hb 4,14) esta por encima de los sumos pontífices de los tiempos antiguos, porque es "el Sumo Sacerdote que penetró en los cielos" (Hb 4,14). No sólo subió a los cielos, sino que los atravesó, pasando por todos los cielos, los siete que enseñaba la cosmogonía judía. La lejanía de los intercesores antiguos ha sido ahora sustituida por la presencia del Intercesor ante la misma fuente de poder y de toda clase de bendiciones.

b) A la diestra de la Majestad
Este Sumo Sacerdote, Hijo de Dios y de estirpe humana, no se queda en la periferia celestial, esperando tener las oportunidades de intercesión que le puede dar su situación privilegiada, sino que "está sentado a la diestra de la Majestad en las alturas" (Hb 1,3). Está sentado de modo permanente en el lugar más digno. La expresión 'a la diestra' no es un modo de hablar, sino que expresa su participación personal en el poder y en los derechos de modo excepcional. Al mismo tiempo diferencia su dignidad de la de los sumos sacerdotes de la antigüedad, cuya posición normal y correcta es la de estar en pie (cf Hb 10,11).

c) En trono de gracia
¿Qué nombre tiene este trono? "Trono de gracia" (Hb 4,16). Es un trono donde prevalece la misericordia, donde se concede el perdón de los pecados: "Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo, el Justo" (1 Jn 2,1-2). La presencia del Hijo de Dios y Mediador de los hombres convierte lo que lógicamente tendría que ser un trono de administración de justicia en trono de gracia. Por eso resulta lógica la exhortación que se nos dirige con carácter general: "Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para ser socorridos en tiempo oportuno" (Hb 4,16). A la oferta celestial de la 'gracia' el hombre debe corresponder con un acercamiento de manos abiertas para recibirla.

d) Una vez para siempre
Otra de las diferencias esenciales con los sacerdotes de la antigua Alianza es que éstos tenían que ofrecer sacrificios todos los días. El Nuevo Catecismo lo explica así: "Instituido para anunciar la Palabra de Dios (cf Ml 2,7-9) y para restablecer la comunión con Dios mediante los sacrificios y la oración, este sacerdocio de la Antigua Alianza, sin embargo, era incapaz de realizar la salvación, por lo cual tenía necesidad de repetir sin cesar los sacrificios, y no podía alcanzar una santificación definitiva (cf Hb 5,3; 7,27; 10,1- 45), que sólo podría ser lograda por el sacrificio de Cristo" (CEC 1540).
• Pero nuestro Sumo Sacerdote "no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día... esto lo realizó de una vez para siempre ofreciéndose a sí mismo" (Hb 7,27). La eficacia de su acción expiatoria fue tal que bastó realizarla 'una vez' en contraste con las cotidianas acciones expiatorias del antiguo sacerdocio.
• El Sumo Sacerdote de tiempos pasados tenía que ofrecer un sacrificio previo cada vez que entraba en el santuario; así entraba con sangre ajena. Pero en el caso de Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, una vez que ha entrado en el tabernáculo celestial, ya no vuelve a salir, "pues no penetró Cristo en un santuario hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo" (Hb 9,24).

e) A favor de todos los hombres
Los antiguos sacerdotes realizaban sus funciones para el pueblo de Israel y eran intercesores en favor de Israel. Jesús es "intercesor en favor de todos los hombres, de los pecadores en particular" (CEC 2634), pues "si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo, el Justo. El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero" (1 Jn 2,1-2).

f) Intercesor absoluto y permanente
Después de considerar todas estas excelencias del ministerio mediador e intercesor de Cristo, Mediador entre Dios y los hombres, la Palabra de Dios nos enseña, -para que lo sepamos, lo recordemos y lo pongamos en práctica- la realidad de su mediación permanente: "Puede salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor" (Hb 7,25). Es la intercesión del Hijo ante el Padre en favor de "sus hermanos" (Hb, 2,17) los hombres, con su oración y desde la presencia de su santa humanidad ofrecida e inmolada por los hombres. El está presentando al Padre constantemente las señales de su pasión, sus llagas y cicatrices, conservadas aún después de la resurrección.

En la etapa antigua encontramos distintos tipos de intercesores en los profetas, los reyes y los sacerdotes. Ahora Jesús ha reunido en su persona todas estas mediaciones:

  • como Hijo es la Palabra eterna que completa y supera el mensaje de los profetas,
  • como Hijo de hombre asume toda la humanidad, es su rey con una autoridad y un amor desconocidos antes de él,
  • como mediador único entre Dios y su pueblo es el sacerdote perfecto por el que los hombres son santificados.

Por eso, no hay intercesión eficaz y verdadera, si no se hace por él, con él y desde él.