El intercesor, colaborador de Dios

"Porque él (Cristo) es nuestra paz" (Ef 2, 14)

 

Necesidad de intercesores. No podemos entender, por mucho que lo intentemos, cómo Dios hace depender de la colaboración del hombre ciertos resultados en el mundo espiritual. Entendemos que el hombre tiene capacidades, y que cuando las pone en marcha o deja de ponerlas en el mundo natural y físico se producen o dejan de producirse ciertos resultados. Pero nos cuesta mucho aceptar que esto pueda suceder también as¡ en el mundo sobrenatural, en aquellas situaciones en las que Dios quiere contar con el hombre. ¿No parece, por ejemplo, absurdo que una batalla se incline a favor de su pueblo mientras están orando con los brazos levantados (cf Ex 17,11-13) y la pierdan cuando dejen de hacerlo?

El modo de actuar de Dios. Tal vez un buen modo de ver cómo actúa Dios en relación a la intercesión sea reflexionar sobre un pasaje en el que el profeta Ezequiel describe una situación dramática, cuando el pueblo se ha alejado de Dios. Es un momento de auténtico desastre: "Los príncipes... son como león rugiente que desgarra su presa. Han devorado a la gente, se han apoderado de haciendas y joyas, han multiplicado las viudas. Sus sacerdotes han violado mi ley y profanado mis cosas sagradas; no han hecho diferencia entre lo sagrado y lo profano, ni han enseñado a distinguir entre lo puro y lo impuro; se han tapado los ojos para no ver mis sábados, y yo he sido deshonrado en medio de ellos. Sus jefes ... son como lobos que desgarran su presa, que derraman sangre, matando a las personas para robar sus bienes. Sus profetas los han recubierto de argamasa con sus vanas visiones y sus presagios mentirosos, diciendo: 'As¡ dice el Señor' cuando el Señor no ha hablado. El pueblo de la tierra ha hecho violencia y cometido pillaje, ha oprimido al pobre y al indigente, ha maltratado al forastero sin ningún derecho. He buscado entre ellos alguno que construyera un muro y se mantuviera en la brecha ante m¡, para proteger la tierra e impedir que yo la destruyera, y no he encontrado a nadie. Entonces he derramado mi ira sobre ellos, en el fuego de mi furia los he exterminado: he hecho caer su conducta sobre su cabeza" (Ez 22,25-31).

  • La situación que ofrecen el pueblo y sus dirigentes en relación a su conducta es tan evidente, que Dios no soporta más el insulto que supone tanto pecado. Si el Señor toma una iniciativa para poner remedio es porque la situación resulta ya intolerable.
  • Hay una manifestación clara por parte del Señor de que en su corazón no hay una actitud inevitable de castigo. No se manifiesta ávido de venganza, sino todo lo contrario, aunque la situación es merecedora de cualquier acción punitiva. Por eso, la primera acción que el Señor pone en marcha ante tal situación es la de buscar intercesores. ­ ¡Como si no se atreviera a celebrar un juicio tan claro, sin un abogado para los acusados!
  • En el plan del Señor está la colocación de intercesores que se sitúen entre él y los culpables. Pero la carencia de intercesores impide que la justicia del Señor se desate y castigue a los culpables. Y no termina ahí a pesar de todo. Parece como si el Señor tuviera que excusarse ante alguien por lo que ha va a hacer o ha tenido que hacer, y se siente obligado a aducir las razones por las que ha tenido que llegar a ese extremo: "He buscado entre ellos alguno que construyera un muro y se mantuviera de pie en la brecha ante mí, para proteger la tierra e impedir que yo la destruyera, y no he encontrado a nadie. Entonces he derramado mi ira sobre ellos" (Ez 22,30-31).
  • Dios, el todopoderoso, que no tiene a nadie que le imponga decisión ni ley, se obliga a sí mismo comprometiéndose a un modo de obrar concreto en su relación con el hombre, hasta llegar a una cesión de derechos en favor del hombre a cambio de nada.
  • Y la enseñanza más importante para nosotros es que, si bien se está hablando de situaciones puntuales, lo que la palabra de Dios intenta enseñarnos es que se trata de un modo de ver y de actuar de Dios, que se puede y se debe trasladar en el tiempo a la historia de todo su pueblo; que este modo de hacer las cosas de Dios no es sólo típico de la Antigua Alianza, sino también y sobre todo de la Nueva.

No sólo acción, también actitud. El relato anterior no es un hecho único, sino un estilo de hacer que responde a una actitud de su mente, como podemos ver en otras situaciones igualmente delicadas en las que la queja amorosa del Señor descubre el amor que hay en su corazón.

  • Isaías presenta un acontecimiento semejante al anterior: "Ha sido rechazado el juicio y la justicia queda lejos. Porque la verdad en la plaza ha tropezado, y la rectitud no puede entrar. La verdad se echa en falta y el que se aparta del mal es despojado. Lo vio el Señor y pareció mal a sus ojos que no hubiera derecho. Vio que no había nadie y se maravilló de que no hubiera intercesor" (Is 59,14-16).
  • Tan lógico es en la mente de Dios que el hombre interceda en favor del hombre que, cuando no sucede esto, como en el texto citado, Dios se maravilla, se queda atónito.
  • Y lo que resulta todavía más difícil de entender es que el Señor en persona se preste a colaborar para que el trabajo de los intercesores sea efectivo, animándoles a realizar su misión y prometiéndoles que respondería su petición de ayuda: "Sobre los muros de Jerusalén he apostado guardianes, ni en todo el d¡ a ni en toda la noche estarán callados. Los que hacéis que el Señor recuerde, no guardéis silencio. No le dejéis descansar, hasta que restablezca, hasta que trueque a Jerusalén en alabanza en la tierra" (Is 62,6-7).

¿Por qué también hoy? Podríamos pensar que en nuestros tiempos la intercesión no tendría que ser tan importante, puesto que tenemos a nuestro Sumo Sacerdote e Intercesor permanente ante el Padre. Pero, aunque esto es así, no consta que los planes de Dios hayan cambiado en cuanto a su deseo de contar con la colaboración de los hombres en la intercesión.

  • Ha variado el modo de la intercesión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, pero no ha sido ni eliminada ni modificada sustancialmente la forma de colaborar del hombre. Y si hay una variación que llame la atención, es que nosotros, los discípulos de Jesucristo, estamos llamados a ser todos intercesores, aunque sea con diferentes grados de participación. Esto significa que hay unas actitudes y unos conocimientos básicos, que deberíamos saber y practicar todos.
  • A la vista de tantas necesidades como tiene el mundo de hoy y su complejidad, es fácil deducir cuántos y qué poderosos intercesores hacen falta para que el mundo empiece a cambiar. Corremos el peligro de desanimarnos ante la magnitud de la tarea; pero los discípulos no hemos sido llamados a tareas fáciles ni de poca monta, porque somos capacitados para lo más grande y lo más difícil. El único problema es nuestra capacidad de respuesta, algo que depende únicamente de nuestra voluntad.