En la escuela del intercesor

"Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre" (Lc 24,49)

 

La historia de un plan. Si el plan de Dios era que los hombres participáramos del proyecto de intercesión que iba a encabezar el Hijo, conociendo algo de los métodos de Dios, que nunca se salta las leyes que él mismo ha diseñado para la Humanidad, es lógico pensar que el Hijo iba a formar, durante su paso por la tierra, intercesores que empezaran a trabajar con él y formaran luego a otros que fueran también sus continuadores. Y así lo hizo.

Jesús habla a sus discípulos acerca de su propia misión. Esta etapa supuso para los discípulos el acceso a la información y a la implicación que para ellos tendría la condición de discípulos, como agregados al plan de Dios para restaurar su Reino. Jesús les habló de muchos modos y en diferentes ocasiones sobre su misión, aunque ellos no acabaran de entender entonces:

  • Les habló de su misión intercesora: "Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días" (Mc 8,31).
  • Les desveló el motivo de su misión: "El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10).
  • Y les explicó por qué tenía que ser todo esto así: "En verdad, en verdad os digo: 'Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto'" (Jn 12,24).

Les habló de la continuidad de su obra a través de ellos. Les hizo ver también que tenían que seguir desarrollando la obra que él iniciaba y al mismo tiempo les prometió darles la capacidad necesaria para llevarla a feliz término:

  • Les habló del poder de la intercesión comunitaria: "Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,19-20).
  • Y del alcance sin límites de ese poder: "Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo" (Jn 14,13).
  • El cielo y la tierra dejan de tener fronteras cuando se trata de ejercer el poder de Dios: "Yo os lo aseguro: todo lo que atéis en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el cielo" (Mt 18,18).
  • No hay enemigos invencibles: "Mirad: os he dado poder (autoridad) de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño" (Lc 10,19).
  • Se trata en definitiva de una continuación de su obra hasta el final de los tiempos: "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20,21).

La garantía de esta especie de testamento consiste en que le "ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28,18). La afirmación central es que él lo hará, pero para que esto suceda hace falta que los discípulos hagamos nuestra parte, es decir, que desatemos su poder con la intercesión. La intercesión es el mecanismo de que dispone la Iglesia para activar el poder de Cristo.

Jesús, nuestro intercesor, ocupa su puesto. A la etapa de preparación tenía que suceder la de poner en práctica lo que habían aprendido. El momento clave para la entrada en la colaboración intercesora de los discípulos con Jesús está relacionado con la Ascensión del Señor. El Señor ha terminado su misión en la tierra y va a continuarla de otro modo, como resucitado y glorificado, desde el cielo. El Padre desplegó en Cristo la eficacia de su fuerza poderosa "resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre, no sólo en este mundo, sino también en el venidero. Bajo sus pies sometió todas las cosas y le constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, la Plenitud del que lo llena todo en todos" (Ef 1,20-23), porque "Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de vivos y muertos" (Rm 14,9).

Participación intercesora de la Iglesia. Nuestro Sumo Sacerdote podía haber decidido llevar a cabo él solo toda la tarea de intercesión para la Humanidad, pero no quiso, sino que "éste que bajó (Cristo) es el mismo que subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo" (Ef 4,10). En esta afirmación aparentemente tan simple está el principio temporal de la participación que Cristo da a su Iglesia en la tarea de la intercesión, de la implicación de sus discípulos como asociados en el ministerio intercesor:

  • "Dios, nos vivificó juntamente con Cristo... y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús" (Ef 2,5-6). Significa que, aunque como seres humanos habitamos la tierra, estamos espiritualmente sentados con Cristo en los cielos, porque "el que se une al Señor se hace un solo Espíritu con él" (1 Co, 6,17). Nuestra unión con él nos capacita para participar de las obras de Cristo sacerdote, profeta y rey. Cuando tenemos conciencia de nuestra posición en Cristo, tenemos conciencia de nuestra capacidad; pero, si nos vemos como unos simples seres humanos, peregrinos por la tierra y sin mucha seguridad de hacia dónde vamos, hemos perdido de vista nuestras posibilidades, por lo que la consecuencia inmediata es la renuncia a participar en la tarea encomendada.
  • Finalmente nuestra posición como miembros de Cristo nos asocia activamente a su trabajo de restauración del Reino, dirigidos por su voluntad. Y su voluntad es llevar a cabo su obra por medio de la Iglesia -por sus discípulos- bajo la dirección y capacitación de su Espíritu. Por eso, "a cada uno de nosotros le ha sido concedido el favor divino a medida de los dones de Cristo" (Ef 4,7).