El privilegio de la intercesión

Misión compartida.Si alguien entre nosotros hubiera tenido una capacidad infinita para llevar a cabo un gran plan, seguro que lo hubiera realizado solo, y así se habría atribuido toda la gloria del éxito. Sin embargo, parece que Dios tiene la debilidad de querer compartir todo hasta donde le sea posible.

  • En primer lugar aparece la figura de Cristo como mediador con misión permanente, porque él es "el que murió; más aún, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios y que intercede por nosotros" (Rm 8,34). Interceder por nosotros es la función sacerdotal del Señor exaltado a la diestra de Dios. Él 'vive' para interceder por los suyos.
  • Pero hay otro intercesor de la misma dignidad y poder, el Espíritu Santo, al que Jesús menciona como el "otro abogado" (Jn 14,16), que él pedirá al Padre "para que esté con vosotros para siempre" (Jn 14,16). La función del Espíritu es diferente a la que Jesús llevó a cabo en la tierra (cf. Jn 17) o a la de Jesús glorificado (cf. 1 Jn 2,1). Sin embargo, posee el oficio de intercesor y cumple la función de ser abogado de los discípulos de Cristo y acusador de los hombres que no creen en Cristo. Como abogado de los discípulos, que ha de permanecer para siempre con ellos (cf. Jn 14,17), el Espíritu de verdad aceptará y continuará el mensaje de Jesús, dando testimonio de Jesús e introduciendo a los discípulos en toda verdad (cf. Jn 14,26; 15,26; 16,13). Como acusador del mundo, que no lo puede recibir (cf. Jn 14,17) convence a los que no creen en Cristo, de pecado, de injusticia y de condenación (cf. Jn 16,8-11). Pablo se refiere a la acción intercesora del Espíritu, que capacita a los discípulos para ser verdaderos intercesores: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios" (Rm 8,26-27).
  • Finalmente en este trabajo asociado intervienen los discípulos de Cristo, que también han recibido de lo alto la misión y la capacitación de colaborar con Jesucristo en su mediación, y con el Espíritu Santo, que dirige en la tierra la continuación del ministerio intercesor de Cristo.

Hay, pues, variedad de intercesores, pero no estamos todos en el mismo plano. Jesucristo y el Espíritu Santo pertenecen al plano de la divinidad, mientras los discípulos no tenemos más que lo que recibimos. Esta realidad es la razón que ha de regir nuestra relación con Jesucristo y con el Espíritu Santo, si pretendemos ejercer una función intercesora correcta.

Grados de participación. La capacidad intercesora de los discípulos depende de la voluntad soberana de Dios, que ha querido asociarnos a este servicio, de nuestra posición en Cristo y de la colaboración del Espíritu Santo. Injertados en Cristo por el bautismo, estamos en situación de ejercer las capacidades que recibimos por nuestra relación con él. Ahora bien, cuando hablamos de capacidad, hemos de distinguir dos clases: una que es común a todos los discípulos, aunque varíe en intensidad; y otra que corresponde a una llamada personal del Maestro para ejercer la función intercesora con especial dedicación.

Llamados al servicio de la intercesión. La Llamada de los discípulos de Cristo al servicio de la intercesión es la resultante de tres circunstancias:

  • Nuestra posición en Cristo. Si Cristo es "el que está a la diestra de Dios e intercede por nosotros" (Rm 8,34), y nosotros hemos sido injertados en Cristo y permanecemos en él, es lógico que participemos de esa actividad que se está llevando a cabo en el lugar en que estamos, aunque sea un lugar espiritual.
  • La necesidad de la intercesión. Cuando la Palabra de Dios nos muestra a Jesucristo en una situación de permanencia como intercesor, quiere decir que es necesaria toda su intercesión y de forma ininterrumpida, si quiere que el plan de Dios vaya adelante, es decir, para que la reconciliación que él ha hecho posible alcance a todos los hombres. Si fuéramos capaces de llegar a conocer en profundidad la necesidad que el mundo tiene de intercesión, sin duda que nos comprometeríamos en la intercesión con más responsabilidad.
  • El mandato de interceder. En tercer lugar, es un mandato expreso y preferente del Maestro. Sería suficiente recordar que, al enseñar a los discípulos a orar, la intercesión atraviesa su enseñanza. Las expresiones "santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad, nuestro pan cotidiano dánosle hoy, perdónanos nuestras deudas, no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal" (cf. Mt 6,9-13) tienen todas las notas esenciales de la intercesión: el hombre que ora a Dios para que éste venga en socorro de los hombres en ejercicio de su misericordia. Aunque el Señor no hubiera dicho más cerca de la intercesión -y habló también de cómo interceder- habría sido suficiente. Otros textos ponen de relieve también el mandato de la intercesión. Por ejemplo: "Siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos" (Ef 6,18). O éste: "Sed perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias; orad al mismo tiempo también por nosotros para que Dios nos abra una puerta a la Palabra" (Col 4,2-3). O también: "Orad los unos por los otros para que seáis curados" (St 5,16). Y muchos más que podríamos aportar.