Al encuentro de los problemas

Si el intercesor es por definición alguien que se sitúa entre los problemas y la fuente de las soluciones a los mismos para mediar entre ambos, es lógico que se caracterice por cierta dependencia. Su posición le lleva a dirigir una mano hacia abajo y otra hacia arriba con actitud de llevar ante Dios las necesidades de los hombres y de entregar a los hombres las bendiciones de Dios. Por tanto, ¿cómo tiene que acercarse a los problemas el intercesor?

  • Una cualidad que se espera en un intercesor desde el principio hasta el final de su servicio es la actitud de disponibilidad. La disponibilidad fue una cualidad fundamental del servicio del Maestro, nuestro modelo como intercesor, quien dijo de sí mismo que no había venido "a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mc 10,45). Es decir, vino a servir sin medida, hasta el extremo de dar su vida en el servicio. Quien no tenga el Espíritu de servicio de Cristo no podrá interceder con efectividad. Y es bueno recordar que la palabra 'servicio' está relacionada con la palabra siervo, e implica disponibilidad absoluta para el servicio. Para ser intercesor hay que olvidarse de sí mismo y estar dispuesto a todo por los demás.
  • La intercesión requiere identificación con los problemas. Es decir, un intercesor se hace cada vez más sensible a las necesidades del prójimo, llegando a comprender sus situaciones y meterse en ellas como si fueran propias y, como consecuencia, darles trato preferencial. Como Pablo, quien dijo: "Siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda. Con los judíos me he hecho judío para ganar a los judíos... Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos" (1 Co 9,19-20.22). O como el Hijo de Dios, que se identificó con los hombres hasta ser hijo de hombre, identificándose con las heridas, sufrimientos y problemas de los hombres: "siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre" (Flp 2,6-7).
  • La intercesión exige compartir, ir más allá, porque no sólo se trata de salir de nosotros mismos y entender una situación, sino también de intentar solucionarla. Significa no retener "ávidamente" lo que se tiene, sino vivir con actitud de desprendimiento, teniendo presente la palabra de Dios que nos recuerda: "¿Qué tienes que no lo hayas recibido?" (1 Co 4,7). Y las palabras del Maestro al enviar a sus discípulos: "Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis, dadlo gratis" (Mt 10,8). La actitud correcta de compartir no se relaciona con la abundancia, sino con lo que se tiene, sea mucho o poco. El compartir alcanza a todo tipo de bienes, incluidos los materiales, siempre que se den las circunstancias adecuadas.
  • El poderoso motor de la intercesión: la compasión. La oración de intercesión comienza con una compasión sobrenatural que, por lo mismo, es un don de Dios; un don que él concede a todo discípulo que esté disponible para recibirlo. Puesto que sólo Dios puede darnos esta sintonía de corazones, tenemos que acercarnos a él para recibirla. Pablo dice: "Vivid en el amor" (Ef 5,2). Siendo Dios amor, la expresión es equivalente a "vivir en Dios" o "estar llenos del amor de Dios". Pero para que esto sea realidad necesitamos, entre otras cosas, pasar mucho tiempo en presencia de Dios. ‘Compasión’ etimológicamente significa sufrir con alguien o compartir los sufrimientos de alguien, en nuestro caso los de Cristo y los del hombre. La compasión va más allá de la simple lástima o pena. Es el amor dinámico. El camino de la intercesión no empieza tanto con el sentimiento de tener que orar por algo o por alguien, cuanto con una necesidad de amar, una fuerza que empuja al intercesor, en último extremo, a sesiones intensas de oración compasiva.
  • La intercesión es muerte del ‘yo’. Si somos capaces de dar los pasos anteriores en nuestra aproximación a las personas y a los problemas por los que tendremos que interceder, es fácil deducir que queda muy poco de nuestro yo: Lo que ha sucedido, en definitiva, es que nuestro egoísmo ha muerto o, en el peor de los casos, está en coma. La llamada a la negación de sí mismo y a la cruz es algo propio de la condición de seguidor de Jesús. Si no hay renuncia a sí mismo no se pueden poner en primer lugar las necesidades de los demás; y, si no hay amor a la cruz, no puede haber amor al prójimo, porque el prójimo -que somos todos- es con demasiada frecuencia una cruz más que otra cosa. Y es que el intercesor perfecto está familiarizado en la práctica -no sólo teóricamente- con tres palabras clave: cruz, amor, intercesión.