Al encuentro de los remedios: Ir a las fuentes

El intercesor tiene que identificarse con los problemas del hombre. Pero también necesita acercarse a Dios para hacer suyas las actitudes de Dios en relación a las situaciones, si quiere realizar con efectividad su papel de puente entre ambos. Esta aproximación a Dios, que sólo puede tener lugar por el Espíritu, le lleva a sintonizar con la mente de Dios, con su corazón, con su voluntad, con su palabra y con sus modos de obrar.

  • Sintonía con la mente de Dios. La palabra de Dios nos recuerda que, en el punto de partida, "no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos. Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros" (Is 55,8-9). Es normal que a la vista de tales distancias, Pablo se pregunte: "¿Quién conoció el pensamiento del Señor para instruirle?" (1 Co 2,16). Si no tenemos la mente de Dios, por deducción tendremos una mente distinta a la suya; esto nos llevará a interceder de acuerdo con nuestra mente y, como consecuencia, a fallar en una de las normas básicas para que él nos escuche: orar de acuerdo con su voluntad. Significa por tanto que un intercesor tiene que esforzarse por conocer la mente de Dios. Si no tenemos esto en cuenta, podemos fallar, como falló Pedro, quien al no pensar como el Señor en el asunto de la pasión, le dijo: "Lejos de ti, Señor" (Mt 16,22); para acabar recibiendo luego una espuesta que no esperaba: "Quítate de mi vista, Satanás" (Mt 16,23). Por eso, para llegar a tener los pensamientos de Dios -la mente de Dios- necesitamos dejarnos penetrar de la sabiduría de Dios, una sabiduría "misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo" (1 Co 2,7-8). Y sin olvidar que el encuentro con este tipo de sabiduría no va a ser repentino, sino que se alcanza mediante la siembra constante de la palabra de Dios en nuestro corazón por obra del Espíritu Santo y del ejercicio de la obediencia por nuestra parte, porque "nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios..." (2,11). "El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios, son necedad para él. Y no las puede conocer, pues sólo espiritualmente pueden ser juzgadas. En cambio, el hombre de Espíritu lo juzga todo, y a él nadie puede juzgarle. Porque ¿quién conoce la mente del Señor para instruirle? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo" (2,14-16).
  • Sintonía con el corazón de Dios. Parece una necedad hablar de los sentimientos de Dios, de su corazón, como si Dios tuviese la experiencia emocional que tiene el hombre, pero la Palabra de Dios nos muestra el corazón de Dios no como una realidad, sino como una representación inteligible para el hombre que no puede entender a Dios. Sin embargo, Jesús, por su condición de hombre, participó de la capacidad humana para el sentimiento, y por lo mismo lloró (cf Lc 19,41; Jn 11,33-35), sintió tristeza y angustia (cf Mt 26,37) o se enojó (cf Mc 3,5). Puede ocurrir que nuestra oración intercesora esté gobernada por sentimientos nuestros personales, distintos de los de Dios, distintos a la empatía de Dios con la situación, por lo que la intercesión no dará el fruto apetecido. Cuando el corazón de Dios destila compasión, no podemos nosotros dejarnos llevar por la condenación, ni podemos volcarnos en la ternura cuando en el corazón de Dios hay enojo por el pecado. Por ejemplo, el pueblo de Israel estaba atenazado por el miedo frente a Goliat (cf 1 S 17,24), mientras en el corazón de David había un sentimiento de ira a causa del "filisteo incircunciso que injuria a las huestes del Dios vivo" (17,26). Y como éste era el sentimiento del Dios vivo, sirvieron de armadura suficiente para David los cinco cantos lisos que puso en su zurrón de pastor y la honda en la mano (cf 17,40). Con estas armas tan simples derrotó al gigante. El secreto estaba en que David pudo decir con verdad: "Yo voy contra ti en el nombre de Dios Sebaot" (17,45), es decir identificado con la mente y el corazón del Señor.
  • Sintonía con la voluntad de Dios. Ninguna oración que se haga en contra o al margen de la voluntad de Dios podrá tener contestación. Por eso es tan importante entender y practicar este punto. Si observamos las oraciones que hacemos o que oímos, veremos cómo la mayor parte de las veces estas oraciones carecen de identificación con la voluntad de Dios; unas veces porque no nos hemos preocupado de conocerla, y otras porque no hemos sabido qué hacer para conocerla. Así resultan oraciones que parecen lanzadas al aire, como un deseo, con el fin de probar suerte. Y si las analizamos con mayor profundidad, veremos cómo la mayoría de ellas llevan un mensaje oculto de que se haga nuestra voluntad más que la de Dios. Si una condición fundamental para interceder con éxito es hacerlo según su voluntad (cf 1 Jn 5,14-15), de ningún modo podemos sentirnos indiferentes ante esta necesidad, sino buscar la voluntad de Dios con todas nuestras fuerzas y de todo corazón. Cuando tratamos con los mandatos fijos de Dios, no tenemos problemas para orar según su voluntad. Pero cuando no conocemos la voluntad de Dios -y esto sucede la mayor parte de las ocasiones en que oramos por cosas concretas- siempre tenemos algunas referencias válidas: "Santificado sea tu nombre... venga tu Reino... hágase tu voluntad" (Mt 6,9-10). Hemos de tratar de conocer la voluntad de Dios antes de orar y, si esto no es posible, debemos aceptar de antemano la solución de Dios, sea la que sea. Pero esto no nos exime de buscar positivamente la voluntad de Dios para muchas situaciones de nuestra vida.
  • Sintonía con la palabra de Dios. No sólo los criterios de Dios contenidos en su palabra revelada, sino también su palabra como elemento de acción, como herramienta de oración que da poder a la oración ya alineada con la voluntad de Dios. La palabra es un elemento operativo en el modo de hacer de Dios: "En el principio... la tierra era algo caótico y vacío, tinieblas cubrían la superficie del abismo, mientras el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. Dijo Dios: 'Haya luz'. Y hubo luz" (Gn 1,1-3). Mientras la palabra estuvo inactiva, no pasó nada a pesar de la presencia del Espíritu de Dios. Cuando Dios pronunció la palabra, se produjo el resultado deseado. Toda la creación fue resultado del 'dijo Dios'. El profeta Ezequiel comió primero el rollo escrito con la palabra de Dios y luego fue a hablar a la casa de Israel: "Hijo de hombre, ve a la casa de Israel y háblales con mis palabras" (Ez 3,4). La palabra de Dios realiza siempre la voluntad de Dios: "Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allí, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a lo que la envié " (Is 55,10-11). Jesús habló las palabras de Dios en su ministerio sobre la tierra; por eso pudo decir: "Lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo" (Jn 8,28). Y en el enfrentamiento con el enemigo durante las tentaciones recurrió en las tres ocasiones al "está escrito" (cf Mt 4,4.7.10). Usó la Palabra de Dios como la "espada del Espíritu" (Ef 6,17) que derrotó a su enemigo.