La posición del intercesor

Suele ocurrir en la vida que no siempre tenemos conciencia exacta o aproximada de nuestra verdadera situación y de la importancia real del momento que estamos viviendo. Y si esto es importante cuando se trata de la experiencia humana, ¿cómo no va a tener mayor importancia lo que ocurra en nuestra dimensión espiritual? Aplicado a nuestra capacidad intercesora y su ejercicio, esto nos lleva a reflexionar sobre la verdadera posición, en nuestro intento de caminar en la verdad y ser eficaces en nuestro trabajo de intercesores.

  • Un viaje increíble. La palabra de Dios insiste en que el secreto de nuestra vida y de nuestras obras como discípulos de Cristo depende de nuestra relación con Cristo. El principio de este proceso consiste en que de un modo misterioso, pero real, hemos muerto y resucitado con Cristo: "Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos" (Col 2,12). Y esta experiencia tiene ciertas implicaciones que no podemos pasar por alto: "Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está sentado Cristo a la diestra de Dios. Porque habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios" (Col 3,1.3). Finalmente: "Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó... nos vivificó juntamente con Cristo... y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús" (Ef 2,4-6). ¡Resucitados y sentados en los cielos en Cristo! En Espíritu, por supuesto, pero no por eso es menos real el contenido que presenta la palabra de Dios. De poco nos serviría estar sentados con Cristo en los cielos, si sólo estuviéramos presentes con el cuerpo; porque la dimensión importante del hombre, la que trasciende el tiempo y la materia es el Espíritu. Y en Espíritu estamos sentados con Cristo a la derecha del Padre.
  • Consecuencias. Estar sentados con Cristo a la derecha del Padre quiere decir que no somos simples observadores de las operaciones que se llevan a cabo en la tierra en favor del Reino de Dios, sino que somos partícipes privilegiados al lado de Cristo. Y puesto que está en Cristo la autoridad y gobierno con los que él dirige y lleva hacia su fin todas las cosas, también nosotros, que somos partícipes de su autoridad y gobierno en él y con él, somos con Cristo actores secundarios pero también colaboradores importantes de todo el proceso que Dios está llevando a cabo en la historia y en la creación. Estas realidades nos permiten entender lo que Jesús quiere decir cuando nos habla de mover montañas (cf Mc 11,22-24). Somos colaboradores suyos en la realización de los planes de su voluntad. No somos sólo peticionarios que acuden al trono de Dios con deseos personales, esperando una respuesta, sino colaboradores a los que nuestro Rey envía revestidos de su autoridad y su poder.
  • Camino del éxito. La posición de intercesores en Cristo garantiza el éxito de nuestra participación. El objetivo principal de Dios, al que se dirigen todos los esfuerzos y actividades intercesoras de los discípulos, es la restauración de su Reino en la tierra. Cada oración de intercesión tiene una meta concreta; pero todas las oraciones de intercesión tienen una meta final y única: "Venga tu Reino" (Mt 6,10). Todo acontecimiento histórico, sea personal, comunitario, eclesial, social, político, etc., forma parte de la experiencia de la humanidad, que camina hacia una meta universal y fija: la proclamación final de Cristo como Rey y Soberano de la creación. Perder esto de vista sería perder el significado verdadero y final de la intercesión. El profeta Isaías anunció que llegaría el tiempo en que "la tierra estará llena del conocimiento del Señor, como cubren las aguas el mar" (Is 11,9). Y el libro del Apocalipsis anuncia ese momento con el toque de trompeta del séptimo ángel: "Ha llegado sobre el mundo el reinado de nuestro Señor y de su Cristo; reinará por los siglos de los siglos" (Ap 11,15).
  • Más que cercanía: comunión. Este fantástico viaje espiritual nos introduce en la comunión de amor con el Padre y el Hijo por la acción del Espíritu Santo. Y es que, cuando obedecemos a la palabra de Dios, nos ponemos en camino y empezamos por dar los primeros pasos de su metodología particular: "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar para remisión de vuestros pecados, y recibiréis la promesa del Espíritu Santo" (Hch 2,38). Y luego sucede que "el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo" (Rm 5,5). O como dice Juan: "En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu" (1 Jn 4,13). Cuando hacemos esto, ya está el amor de Dios en nosotros. Aunque necesitaremos estar viviendo la conversión cada día para que el amor que ya tenemos siga estando y aumentando, no disminuyendo ni desapareciendo, porque el amor es el aire que tiene que respirar el verdadero intercesor. Sin él no hay relación verdadera en ningún sentido, ni hacia Dios ni hacia el hombre, y en consecuencia no hay posibilidad de llegar a ser un verdadero intercesor.