La ley fundamental: Permanecer en Él (I)

Colaboradores secundarios, pero necesarios. El éxito de nuestros trabajos con Dios o para él depende en último caso de Dios y de nuestra colaboración sometida a él y dirigida por él. Existe el peligro de pensar que nuestro trabajo es de la misma calidad que el suyo o tiene tanta importancia como el suyo, como si se tratara de una sociedad en la que uno pone una parte pequeña del capital al lado de otro que pone la parte mayoritaria. Ahora bien, lo que nosotros tenemos que aportar no es de la misma calidad ni del mismo valor que lo que aporta el Señor. Nuestra colaboración es necesaria únicamente porque él quiere tenerla, pero no porque la necesite.

Pero además nuestra colaboración no serviría de nada si no estuviera marcada por el sello de su poder y su presencia. Por ello nuestra colaboración está condicionada por nuestra relación con el Señor. El cristiano es, no lo olvidemos, alguien que está en Cristo. Desde esta posición es como tiene que realizar todas sus operaciones de discípulo. Y es en definitiva su modo de estar en Cristo vitalmente lo que le califica como intercesor apropiado, ya que en último caso -digámoslo una vez más- sólo hay un Sumo Sacerdote, un Intercesor válido ante Dios, y éste es su Hijo. Por eso hablamos de un principio fundamental del que hay que partir para no fracasar: se trata de ‘estar y permanecer en Cristo’. Este principio no es resultado de una investigación ni de un acuerdo entre Dios y los hombres, sino simplemente una norma establecida por el Dios soberano. A nosotros sólo nos queda la oportunidad de aceptarla o rechazarla, pero nunca de cambiarla.

La permanencia en la Palabra de Dios. Puesto que la Palabra es la fuente de información a través de la cual Dios nos habla, y además es totalmente fiable, conviene que partamos de lo que ella nos dice, en este caso por boca de nuestro Intercesor:

  • La permanencia en él es un mandato y la posición correcta para dar fruto: "Permaneced en mí como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos" (Jn 15,4).
  • Jesucristo es la morada normal de sus discípulos: "Habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (Col 3,3). "Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5).
  • La permanencia en él es la condición fundamental para un buen intercesor: "Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis" (Jn 15,7).

La permanencia no significa estar a su lado, sino estar viviendo en él su misma vida, con una vida personal tan transformada en la suya que parece fundida en la suya, perdida en la suya, hasta el punto de recibir la vida de él como el sarmiento la recibe de la cepa. Cuando no sucede esto, no podemos dar fruto o lo que el Señor llama fruto, que con frecuencia no coincide con lo que los hombres llamamos 'fruto'.

No hay distintas clases de cepas de las que podemos recibir vida y capacidad; sólo hay una y ésta es Jesucristo. Cuando nos auto-injertamos en otras cepas no recibimos vida y, en consecuencia, tampoco producimos frutos de vida. El intercesor es, según este planteamiento, aquel que vive en él, recibe vida de él, pide lo que quiere -de acuerdo con el Sumo Intercesor con el que vive identificado, y por tanto no sabe pensar ni querer ni pedir otra cosa distinta- y para terminar consigue lo que pide.